El colonialismo corporativo : ganadores y perdedores del “libre” comercio global

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23/03/2014 by Don Quijones

“Pienso en la globalización como una luz que brilla más y más sobre unas pocas personas, mientras el resto está en tinieblas, totalmente aniquilado.” Arundhati Roy

El 12 de febrero de este año los presidentes de México, Colombia, Perú y Chile firmaron un acuerdo para eliminar los aranceles sobre el 92 por ciento del comercio entre sus países. El acuerdo es considerado como vital para la integración económica de las cuatro economías de más rápido crecimiento en América Latina, y un avance significativo en su objetivo de trabajar como un socio comercial de los Estados Asiáticos.

Al menos esa es la historia oficial, informó textualmente y con un gozoso entusiasmo la principal prensa financiera y general.

El presidente de México, Enrique Peña Nieto llamó al pacto “el más grande [ que México ] haya firmado desde el Tratado de Libre Comercio con los Estados Unidos” (TLC o NAFTA). Y Sebastián Piñera de Chile, destacó la apertura de la alianza diciendo que “no es contra nadie, sino sólo en favor de aumentar la calidad de vida en nuestros países.”

Sin embargo, como reconoció el presidente de Colombia, Juan Manuel Santos, habrá “ganadores y perdedores” en el camino. Los ganadores serán inevitablemente los mismos de siempre: la gran industria, la gran agricultura y las grandes finanzas, incluyendo, por supuesto, a los grandes jugadores nacionales como Cemex de México, y  Antofagasta de Chile.  En cuanto a los perdedores, éstos serán el resto de la sociedad, en particular los más pobres y más vulnerables.

La experiencia de México tras firmar el TLC es un perfecto ejemplo de ello. De acuerdo con el diario mexicano de izquierda La Jornada,  incluso la Organización Mundial del Comercio ha reconocido que ha habido muchas menos ganancias para los segmentos más pobres de la sociedad.

México : un emblema  del Libre Comercio Global 

El Post- TLC México es tanto un emblema de los potenciales beneficios macroeconómicos del   llamado “libre comercio”, como lo es de los estragos microeconómicos que deja a su paso. Como informó el diario El Observador Económico, los aspectos positivos no pueden ser ignorados:

  • Entre 1993 y 1998 la inversión extranjera en el país casi se triplicó .
  • El número de empleados de la industria creciò màs del doble en el espacio de seis años.
  • El valor total de las exportaciones de México a Estados Unidos aumentó de 49.4 mil millones de dólares en 1994 a 135 mil millones de dólares en el 2000.
  • La productividad se incrementó en un 47 por ciento entre 1994 y 2001.

Todo lo cual, según parece, suena impresionante; al menos lo suficientemente como para impresionar incluso al economista más impasible. Pero en conjunto hay otro lado mucho más sombrío de la historia que por desgracia, rara vez se cuenta más allá de las fronteras mexicanas:

  • El valor real del salario mínimo cayó alrededor de un 20 por ciento entre 1993 y 2001.
  • Gran parte de los nuevos empleos generados fue en el montaje de componentes   importados para la reexportación en talleres de semi-explotación, llamados Maquiladoras.  El atractivo de las maquilas son los bajos salarios, la falta de regulaciones ambientales o laborales, los bajos impuestos y pocos o ningunos deberes; el tipo de condiciones que todavía son difíciles de encontrar en los más fuertemente regulados mercados de Europa y los Estados Unidos.  Esta producciòn incluye ropa, productos electrónicos y refacciones  automotrice.
  • El porcentaje de mexicanos que viven en pobreza absoluta  aumentó del 21 por ciento de la población en 1994, al 50 por ciento en 1998.
  • El éxodo de campesinos a las ciudades y las grandes empresas agrícolas del Norte de Estados Unidos se ha acelerado: en los últimos 20 años y millones de agricultores mexicanos han tenido que abandonar sus tierras.

Un guión similar se ha representado en Colombia, el aliado más importante de Estados Unidos en América del Sur, cuyo último acuerdo comercial bilateral con los EE.UU. entró en vigor el 15 de mayo del 2012.

“Entre los pocos ganadores se encuentran las empresas que exportan prendas de vestir en el mercado de EE.UU. que incrementaron su comercio en aproximadamente un 12 por ciento entre la primera  mitad del  2012 y el 2013”, escribe (en inglés) Andy Higginbotham, secretaria de la Campaña de Solidaridad de Colombia y principal conferencista de la Universidad Kingston, de Londres. “En el mismo período las exportaciones agrícolas a los EE.UU. aumentaron marginalmente, de $ 46 a $ 48 millones de dólares, mientras que las importaciones agrícolas procedentes de los Estados Unidos  aumentaron más del doble, de $177 a $352 millones de dólares.”

Una de las condiciones que el ex presidente de EE.UU. George W. Bush y luego el presidente Obama impusieron al aprobar el acuerdo comercial, es que Colombia aprobara una ley para privatizar las semillas. El gobierno estaba más que feliz de hacerlo, y decretó que sólo podrían sembrarse las semillas certificadas.

El problema para los agricultores colombianos es que sólo el gran capital -es decir, las multinacionales- puede permitirse el proceso de certificación. Como resultado, sólo sus semillas pueden ser cultivadas.  Así el año pasado, a miles de campesinos cultivadores de arroz les fueron destruidas sus reservas de semillas  por la policía y los funcionarios del gobierno (ver las imágenes en este documental, Decreto 170, del 02’30).

Cuando los pequeños agricultores protestaron, la policía les devolvió el golpe con una fuerza brutal, matando a dos manifestantes e hiriendo a 13. Lo que lo lleva a uno a preguntarse: ¿qué tan libre puede ser el libre comercio si tiene que ser puesto en vigor frente al cañón de un arma?

Matar al mundo de hambre por beneficios y poder

Como viene haciéndose cada vez más evidente, la nueva generación de negociaciones comerciales bilaterales y multilaterales -en particular la Asociación Trans-Pacífico (TPP) y la Asociación Trasatlántica de Comercio e Inversión  (TTIP)-, que los países que se encuentran a ambos lados de los dos océanos más grandes del planeta parecen tan desesperados por firmar, tienen poco que ver con la promoción del libre comercio.

De lo que en realidad se trata  es de extender el poder, el control y la riqueza de las corporaciones más grandes del mundo, proporcionándoles un acceso sin restricciones a los mercados y los recursos de los países.

Esto no es una teoría de la conspiración — es un hecho conspirativo. Matt Stoller -quien  escribe para Salon y ha contribuido con Político, Alternet,  Salon, The Nation y Reuters– ha utilizado el Registro del Congreso para mostrar que los pactos del “libre comercio ”  siempre tienen que ver con el debilitamiento de los estados-nación para promover el imperio de las multinacionales.

Los internacionalistas liberales, incluyendo a personas como Chase CEO David Rockefeller y el ex subsecretario de Estado y arquitecto de las políticas comerciales estadounidenses de los sesentas George Ball, comenzaron a presionar por reducciones en las barreras no arancelarias, que ellos percibían como la siguiente serie de obstáculos al comercio que había que demoler…

… [ En una audiencia de 1967 ] ante una impresionante legión de senadores y congresistas, Ball atacaba la propia noción de soberanía. Él se basaba en la idea de que ” las decisiones de negocios ” podrían verse ” frustradas por una multiplicidad de diferentes restricciones (sostenidas) por estados nacionales relativamente pequeños que se basan en consideraciones parroquiales “, y elogiaba  a la corporación multinacional como la estructura más perfecta inventada para el beneficio de la humanidad. También prefiguraba nuestro mundo moderno al sugerir que las políticas comerciales, monetarias y  de defensa contra los monopolios deberían e inevitablemente serán manejadas por organizaciones supranacionales.

Ahora, décadas más tarde, el proyecto distópico de Ball está a un respiro de su cumplimiento.  A través de toda una gama de complejas medidas políticas, jurídicas y económicas, incluyendo la imposición de leyes brutalmente rígidas sobre los derechos de autor y de la propiedad intelectual, a algunas de las mayores empresas multinacionales del mundo le están literalmente regalando el planeta y todo lo que hay en él.

A las más grandes empresas de agricultura del mundo, el libre comercio les ofrece el pretexto perfecto para consolidar su control sobre la cadena alimentaria global. Ya el 75 por ciento del mercado mundial de semillas comerciales está controlado por seis mega-corporaciones: Monsanto , DuPont , Syngenta , Bayer , Dow y BASF.  El resultado es que las semillas de los cultivos básicos, que durante milenios han sido un bien común para ser compartido y mejorado por las pequeñas comunidades de agricultores, están  ahora firmemente en la manos privadas de los conglomerados de Estados Unidos y Europa .

Según Alejandro de Coss, un internacionalista mexicano que enseña en la London School of Economics, el resultado es que gran parte de las zonas rurales de América Latina están otra vez siendo colonizadas; ya no a través de la posesión física de la tierra, sino más bien a través de las semillas que crecen en ella.

En México, el resultado ha sido un gran éxodo de  campesinos de sus tierras, así como una disminución en la diversidad de los cultivos del país;  sobre todo en cuanto a su cultivo básico, el maíz, que fue domesticado por primera vez hace ocho mil años en los estados mexicanos de Puebla y Oaxaca.

El país sigue siendo el cuarto mayor productor de maíz en el mundo, pero su producción anual de 22.000.000 millones de toneladas palidece en comparación con los productores de los Estados Unidos que, como resultado de enormes subsidios del gobierno, cosecha alrededor de 300,000,000 millones de toneladas al año, que representan el 70 por ciento del suministro de maíz del mundo; muchos de los cuales  son ahora variedades genéticamente manipuladas. El resultado es que Mexico, un país que alguna vez se jactó de tener la mayor diversidad de variedades de maíz, depende ahora de su propio cultivo de primera necesidad de los mercados internacionales altamente inestables, donde la especulación alimentaria es más abundante que nunca.

Sin embargo, México y Colombia están lejos de ser las únicas víctimas de este proceso. De India al África, de Asia a América del Sur, a los pequeños productores les resulta cada vez más difícil plantar sus propias semillas, extraídas de los mejores productos de su cosecha del año anterior. Y también se les prohíbe reutilizar las semillas certificadas y son forzados a tomar deudas impagables para seguir comprando nuevas semillas año tras año.

En la India, más de 100.000 agricultores se han quitado la vida como consecuencia de la despiadada campaña que utiliza al país como un campo de pruebas para los cultivos modificados genéticamente; todo lo cual se hizo posible a través de un acuerdo comercial bilateral entre el gobierno  de la India y el de los Estados Unidos. Todo ese tiempo, incontables toneladas de cosechas de buena calidad, aunadas a miles de años de ese conocimiento humano que participó en una cuidadosa selección y mejoramiento, han sido destruidos.

En 1994, el magnate Sir James Goldsmith, advirtió en una entrevista inquietantemente profética con Charlie Rose, sobre los enormes riesgos de exportar los métodos agrícolas occidentales a todo el mundo:

Si el GATT [el predecesor de la Organización Mundial del Comercio] tiene éxito y llega a ser capaz de imponer los métodos modernos de la agricultura en todo el mundo con el fin de llevarlos a los niveles, por ejemplo de Canadá y Australia, 2 mil millones de personas de 3,1 mil millones serían desarraigados de la tierra y lanzados a las ciudades. Sería un desastre mucho mayor que cualquier guerra.

Tal como las cosas están yendo, bien se podría afirmar estar en lo cierto.

***

Gracias a mi querido suegro, Francisco X, por su traducción de este articulo. Para leer mas artículos en castellano, haz clic aqui.

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